“[…] veían a poca distancia los famosos Silos de Burjasot, gigantesca plataforma de piedra, cuadrada meseta, agujereada a trechos por la boca de los profundos depósitos, y en la cual hormigueaba un enjambre alegre y ruidoso: corros en que sonaban guitarras, acordeones y castañuelas acompañando alborozados bailes […]”. VICENTE BLASCO IBÁÑEZ, V. Arroz y Tartana. 1894.

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Burjassot fue lugar de residencia veraniega de sus padres. En dicho lugar junto al ayuntamiento fijará su segunda residencia la familia Blasco Ibáñez, un edificio con torre de miramar. -Un tipo de vivienda desde el cual la nueva y floreciente burguesía valenciana podía contemplar la vega levantina hasta el mar.

Un joven casi niño Vicente Blasco Ibáñez tomará en Burjassot por primera vez contacto con la belleza de la huerta valenciana desde la explanada de Los Silos, se iniciará en la política, conocerá el amor y escribe allí su primera novela titulada “Carmen”.

De esas visitas familiares de fin de semana y periodos vacacionales, crearán un poso en el universal escritor que luego quedaría plasmado en algunas de sus más famosas obras.

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Su biógrafo León Roca escribe: “Encuentra en aquel refugio la paz del poeta, el silencio fecundo del creador.”

Desde allí Blasco Ibáñez contempla la huerta, las montañas de Sagunto, el mar, los alrededores, pasa con los amiguitos las tardes de Pascua… Sube a la gran plataforma de los Silos y hace amistad con el guardián, un viejo liberal popularmente conocido en Burjassot como “el Palleter”, que le relata historias, como la matanza de una partida carlista del general Cabrera ocurrida allí mismo.
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Así, con tantas vivencias, no era de extrañar que llegado el momento, el joven Blasco incluyera Burjassot en algunas de sus novelas, como en “La araña negra”; o en “Arroz y tartana”, novela este donde escribe comenzando el capítulo VI:

“La casa era mala, pero el paisaje magnífico. Los hotelitos—había que llamarlos así, para no disgustar a doña Manuela—, ocupando la suave pendiente de una colina yerma, eran un magnífico mirador, desde el cual se abarcaba la vega con todas sus esplendideces.
Al frente, Burjasot, prolongada línea de tejados con su campanario puntiagudo como una lanza; más allá, sobre la obscura masa de pinos, Valencia achicada, liliputiense, cual una ciudad de muñecas, toda erizada de finas torres y campanarios airosos como minaretes moriscos; y en último término, en el límite del horizonte, entre el verde de la vega y el azul del cielo, el puerto, como un bosque de invierno, marcando en la atmósfera pura y diáfana la aglomeración de los mástiles de sus buques. ”

 

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Monumento a Vicente Blasco Ibáñez a los pies de Los Silos. Obra del escultor Francisco Marco Díaz Pintado.
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CONFERENCIA SOBRE LAS VIVENCIAS JUVENILES DE BLASCO IBÁÑEZ EN BURJASSOT, EN LA CASA-RESIDENCIA DE VERANO DE SUS PADRES.
Correspondiente a los actos culturales de la Falla Náquera-Lauri Volpi de Burjassot, octubre 2015. Por Juan Vila ©

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